Estábamos sentados en la oscuridad allá fuera. Llevábamos allí cada maldita noche durante un mes entero, y todavía no habíamos visto un solo Vietcong. ¿Dónde diablos estaban? Habíamos decidido ir a comprar alguno, o importarlo. Parecía que habían desaparecido de la faz de la tierra. Permanecimos sentados durante días enteros. Debíamos permanecer en calma y estar atentos, porque no sabíamos lo que podría suceder. Pero no era del todo posible permanecer tantas tardes a la espera. Alguien soltó un pedo que sonó como si estuviera tronando, todos nos echamos a reír.
Entretanto había llegado el momento de reemprender la marcha, con el dedo en el gatillo y la tensión concentrada en el estómago. Cada miembro de la sección afrontaba la situación a su modo:
De nuevo vas a la caza de seres humanos. Espero que alguno se deje ver. Estamos listo para enviar a ese hijo de puta al reino de los cielos. ¡Sí, que alguien se atreva! ¡Tios, venid a por mi!.
Pero cuando se desencadena el infierno es como si la tierra empezase a aullar. El ansia y la tensión de los últimos días se convierten en acción, en violencia, mientras el fuego enemigo vuela hacía a ti desde ambos lados del sendero. Pero cuando el cazador se transforma en presa, todos los sueños de conquistar el mundo como un señor de la guerra se disuelven en el caos del campo de batalla.
No eres John Wayne
Cuando los tienes encima es algo terrible. Ni puedes hablar por la radio para pedir fuego de apoyo. Por fin llamo y consigo comunicarme, pero tengo la voz clueca como la de un muchacho en plena pubertad. Intentas tragar con lentitud y debes hacer un sobreesfuerzo para dar las coordenadas. Parece que todo se mueve a cámara lenta, como en una película. Intentas mantenerte frio, tranquilo y encogido. Estas como…no sabrías decir como. Ciertamente, no eres John Wayne
¿De dónde tiran? ¿A quien han alcanzado? No quiero morir. Todo lo que pasa en esos instantes ante tus ojos sucede de forma radical, en términos de vida o muerte.
En el 99% de los casos no se producen episodios de heroísmo. Sin embargo, el miedo puede dar paso a una frenética excitación cuando las cosas van bien y el fuego de apoyo cae con precisión sobre el blanco. Bien sea que intervengan los aviones que pasan rugiendo sobre tu cabeza, bien se trate de la artillería, que martillea desde la retaguardia las posiciones enemigas, tienes la seguridad de que tus plegarias han llegado al cielo:
Has solicitado el apoyo de forma correcta; tienes un adecuado sector de tiro; despliegas a tus hombres de forma que puedas moverte y caminar entre ellos: todo esto es excitante. Y todo es real. Notas una sensación de ligereza que va más allá de la realidad. Y sin recurrir a las drogas.
A veces, pero sólo a veces, las piezas encajan como si se tratara de un puzzle macabro:
Seguíamos un sendero a través de la jungla. Llegados a un punto, el hombre que iba en cabeza volvió a atrás a la carrera. Estaba acalorado. Me dijo: -''Creo que ahí delante hay un carro de combate''. Le respondí: -''Mira, no tengo tiempo para bromas''. El enemigo no tenía carros de combate en Vietnam del Sur.
Continuamos adelante y el sendero comenzó a transformarse en una auténtica carretera, bien camuflada….Entonces vimos aparecer entre la vegetación la boca de un cañón. Era enorme. Se desencadenó el infierno. Parecía como si el sol fuera a estallar.
Le han dado a Joe
Frente a nosotros había dos piezas de artillería y una sección reforzada, bien atrincheradas en una treintena de excelentes casamatas. Y nosotros teníamos problemas en la retaguardia, porque una escuadra de francotiradores enemigos se había infiltrado entre nuestro grupo y el resto de la compañía.
Alguien me dijo que le habían dado a Joe, el sargento de mi sección. Esto hizo que me decidiera. Di la orden de solicitar bombardeo de Napalm ''a distancia de peligro'', apenas 50 m. de nuestra posición. Luego fui hacia atrás para ocuparme de los francotiradores. Oí una fuerte explosión y fui arrojado al suelo. Una granada había estallado a mi lado y unos fragmentos me habían alcanzado en el brazo izquierdo.
Los Phantom ya estaban por la faena. Tuve la sensación de que era un terremoto. El suelo temblaba. Había humo, mucho humo, y la hierba se encendió. Las explosiones de los tanques de Napalm habían tumbado a dos de mis hombres en cabeza, pero los nordvietnamitas huían en todas direcciones. Las llamas llegaban a la cintura. Y entonces grité con todo el aliento que subió hasta mi garganta: -''¡Cargad, matad a esos gooks! ¡Matad a esos hijos de puta!.
La cota es nuestra
Seguimos disparando hasta que nos quedamos sin munición. Entonces recogimos las armas abandonadas en el campo y disparamos con ellas. Yo maté a tres con mi pistola. En el espacio de escasos minutos la cota estaba en nuestras manos.
Sin embargo, con mucha frecuencia cada tiroteo era precedido por la habitual rutina: horas, días, a veces incluso semanas de patrullas a través de la espesa vegetación sin saber si la muerte acecha detrás del siguiente arbusto. ¿Cuál es el efecto de una bala en el estómago? Pero cuando se trababa combate y se desencadenaban las furias de los infiernos, todo solía acabar en cuestión de unos pocos minutos:
Había más de 20 tíos que disparaban contra ti y, de esta otra parte, otros 20 ó 30 que disparaban contra ellos. Pedíamos apoyo artillero, pero también ellos solicitaban el suyo. Luego, uno de los dos decía en un determinado momento: -''Vale, ya he tenido suficiente''. Y de repente todo terminaba. Pero no se conquistaba terreno.
Era una guerra de guerrillas, sin frentes, pero todavía con gran número de cadáveres que evacuar en los helicópteros. Después de la batalla se produce una sensación sobrenatural de vacío que cae sobre toda la jungla:
De improviso, todo ha acabado. A partir de ahora hablaremos de ello como una cifra más en el calendario. Un punto de referencia. Luego vuelves a la misma rutina que embrutece el cerebro. Vuelves a ser un muerto en vida.
Si anochece, ocupamos las alturas. Preparamos un perímetro defensivo. Nada excitante. El Sol se oculta y comienzo a sentir el estómago vacío. La Luz desaparece. Con ella se va uno de nuestros sentidos, el más importante, la vista. La vida se detiene. Dispones de una tecnología que te defiende de la muerte: fusiles M16, granadas de mano, minas Claymore, los M79, las M60, morteros, chalecos antibala, calzado de jungla, explosivo plástico C4, equipos de radio y aviones que lanzan napalm. Tienes todo esto, pero no ves.
De vuelta al ''Mundo''
Piensas en la gente que vive en ''El Mundo'', que pasea por las calles de ciudades o que sale tomarse una cerveza. En cambio, tú estás escrutando una oscuridad tan intensa que tienes que frotarte los ojos para estar seguro de que todavía están abiertos.
Sabes que mañana será exactamente como hoy. O que podrá ser peor. Pero ciertamente, no será mejor. Teníamos un dicho para indicar lo mala que podía ser una cosa: ''Tan mala como un día en Vietnam''.