Relatos de la guerra de Vietnam

Boinas Verdes

En los montañosos terrenos de la frontera de Vietnam, los Boinas Verdes llevaron a cabo una guerra clandestina, en un intento por cortar la Ruta Ho Chi Minh, el cordón que alimentaba al Vietcong.

Cuando en 1965 los infantes de marina estadounidenses desembarcaron en Da Nang no eran las primeras tropas norteamericanas que ponían pie en Vietnam. Los Boinas Verdes estaban allí desde 1957. Como Fuerzas Especiales estadounidenses, habían sido enviados en calidad de asesores militares para entrenar y asistir al Ejército de Vietnam del Sur (más conocido como ARVN, o coloquialmente Arvin, por sus siglas en inglés). También comenzaron a equipar y entrenar a los primitivos montagnard que vivían a lo largo de la frontera con Laos y Camboya.

La famosa ruta Ho Chi Minh discurría desde Vietnam del Norte a través de las montañas de Laos y del este de Camboya. Era la línea de suministros del Vietcong y la llave estratégica de la guerra. Por ella se afanaban los oficiales del Ejército de Vietnam del Norte, comunistas de Vietnam del Sur de regreso a casa, y simples porteadores que cargaban lo que se les decía que cargaran. Estas partidas de infiltración se componían normalmente de entre diez y quince personas. Armados con AK-47 rusos, copias chinas de armas soviéticas o equipo francés capturado, llevaban sobre sus espaldas suministros médicos, radios y municiones. La Ruta Ho Chi Minh no era una autopista de seis carriles, era una tortuosa senda de alta montaña, ríos que vadear y estrechas pistas a través de la jungla.

Para el huidizo ARVN que trataba de contener al veterano Vietcong era vital cortar esa ruta de suministros. En 1963, mi destacamento de Fuerzas Especiales, junto con otros cuatro, había armado y entrenado a unos 200 aldeanos montagnard en la provincia fronteriza de Darlac, y trasladamos una compañía de unos 80 nativos armados hasta el viejo fuerte francés de Ban Don. Nuestro objetivo era patrullar unos 80 Km de la frontera camboyana.

El terreno fue una sorpresa agradable. La vegetación era relativamente escasa, el terreno generalmente plano y había algunos cursos de agua transparente. De hecho, Ban Don estaba junto a un río de tamaño considerable. Lo cruzamos en sampanes al amparo de un nido de ametralladoras del fuerte y pusimos rumbo a la frontera camboyana.

Llevaba conmigo otro norteamericano, mi sargento médico, y diez nativos Rhade, convencido de que conocerían el área. Pero no la conocían: se habían limitado a realizar patrullas de cinco o seis kilómetros. Teníamos previsto cubrir 40 kilómetros en dos días y una noche.

Había innumerables sendas a través de la vegetación, y parecían bastante transitadas. Marchábamos a buen paso, siempre a unos 20 a 50 metros de las sendas. Dos hombres iban a unos 20 metros en cabeza, y uno a unos 10 metros en el flanco, entre nosotros y el sendero. Más o menos cada hora nos deteníamos para acercarnos y echar un vistazo a la senda, en busca de pisadas u otro signo de uso reciente. La idea era reconocer el terreno, evitar el contacto con el enemigo y estudiar la red de senderos y pistas en esa zona.

El gobierno de Saigón no tenía presencia militar alguna en esta área desde hacía tres o cuatro años de modo que los nordvietnamitas y los Vietcong no tomaban demasiadas precauciones. Las pistas evitaban pasar por terrenos demasiado densos y no había rastro de trampas explosivas ni agujeros Punji llenos de cañas de bambú afiladas. En algunas intersecciones de las pistas había zonas de descanso y campamentos precarios, cerca de riachuelos. Vaya, que aquello era el patio del enemigo.

Una base enemiga
Cuando oscureció nos apartamos del sendero. Encontramos un terreno un poco más elevado y nos dispusimos a pernoctar al 50% de los efectivos. El jefe de los Rhade estaba nervioso, y mi médico el sargento Young, bromeó con él para calmarle un poco. Volvíamos a estar en marcha antes de que amaneciera y apenas habíamos cubierto 800 metros cuando regresó uno de los dos exploradores en vanguardia. Traía el índice contra los labios. Habían descubierto una base enemiga y su compañero le había enviado a avisarnos. Cinco minutos después regresó también el otro explorador, quien nos dijo en susurros que allí delante había varias cabañas. No había visto a nadie, pero se olía a humo.

El sargento Young y yo decidimos dar una ojeada. Encontramos seis o siete cabañas de bambú con techumbre de paja. No se veía a nadie, pero el olor a humo me estremeció. Procedía de fogatas en las que se había preparado comida. Las brasas aún estaban calientes. El enemigo no debía estar muy lejos, puede que vigilándonos.

De vuelta a la espesura comencé a sentirme más tranquilo. Si el enemigo hubiera sabido que estábamos allí sin duda ya nos habría atacado. Todo indicaba que había pasado pro esos senderos. Pero nosotros no, de modo que era difícil que hubiese descubierto nuestro rastro. Lo que habíamos encontrado allí delante, era con toda probabilidad, una zona de descanso, un alto en el camino para partidas de infiltración de los nordvietnamitas y el Vietcong. Una de ellas había pasado allí la noche y después había seguido su camino, seguramente al mismo tiempo que nosotros abandonábamos nuestro vivac nocturno. Era un cruce de las pistas que van a Ban Don y Ban Me Thout, cerca de un curso de agua sitiado a unos ocho kilómetros de la frontera, a un día de marcha de Ban Don o a unos dos si la partida va muy cargada.

Pistas recientes
El sargento Young y yo utilizamos unas ramas a modo de escoba para hacer desaparecer nuestras huellas. Con el resto de la patrulla nos dirigimos al sur a través de la jungla para interceptar la senda que iba de la base de descanso a Ban Me Thout. Allí encontramos lo que esperábamos, huellas recientes. Serían de unos 12 hombres, aunque era difícil precisarlo debido a que hacía tiempo que no llovía. Un montagnard pisó junto a una de esas huellas. Las dos marcas tenían una profundidad parecida, de modo que esos hombres debían ir ligeros de equipo.

Las pisadas indicaban que llevaban un paso normal. Si forzábamos la marcha podríamos alcanzarles antes de que cayese la tarde. Pero para ello debíamos utilizar el sendero y no tendríamos tiempo de barrer nuestras huellas. Se me ocurrió una idea mejor.

Eliminamos todos los rastros de nuestra presencia, volvimos a la espesura y tomamos una dirección que nos llevase de vuelta al fuerte a la mayor brevedad. Al día siguiente mandé que las patrullas de seguridad saliesen como si tal cosa, a la vista de los aldeanos. Pero iba a haber más patrullas. Estas saldrían pasada la medianoche, con munición y raciones para cuatros días. Iba a salir una de ellas cada 72 horas, regresando al amparo de la noche.

A la 01:00 de esa noche partí de nuevo hacia el río con 26 hombres, nativos Rhade y Mnong. Cada uno llevaba una herramienta de zapa. Pero no llevábamos radio, pues de nada iba a servir a las distancias a las que operaríamos. Avanzamos unos tres kilómetros por la espesura y esperamos a que amaneciera. Entonces marchamos hasta la base de descanso, siempre evitando los senderos.

Pusimos el campamento enemigo bajo vigilancia y el resto de la patrulla ocupó posiciones en el cauce de una cañada seca cercana. A media tarde del día siguiente, los observadores llegaron sin aliento a la cañada. Diez soldados enemigos se disponían a pernoctar en las cabañas. Agrupé a mis paisanos y mandé que toda la patrulla avanzase en fila india hacia el campamento. A unos 25 metros de la posición desplegué a los montagnard en orden de guerrilla, de cara al enemigo. El plan era acercarse todo lo posible, disparando sólo cuando fuésemos descubiertos. Era vital que todos los enemigos fuesen muertos o capturados. Si alguno escapaba, debía ser cazado inmediatamente.

Sin dejar rastro
El enemigo fue cogido totalmente por sorpresa. No habían puesto guardias, y nos vieron cuando estábamos apenas a 10 metros de ellos. Podríamos haberlos hechos prisioneros a todos, pero uno de ellos echó mano a su AK-47. Los montagnard dieron rienda suelta a sus subfusiles. Tan pronto como comenzaron a disparar me puse a gritar: "¡Alto el fuego! ¡Alto el fuego!". Matamos a nueve enemigos he hicimos prisionero al superviviente. No hubieron bajas entre los nuestros.

Maniatamos al prisionero y despojamos a los muertos de sus armas, documentos y de todo aquello que pudiese valernos. Ordené a la mitad de los montagnard que cargasen con los cadáveres que enterramos en una zona cercana de vegetación muy cerrada, la otra mitad de la patrulla se dedicó a peinar el campamento. Debía desaparecer cualquier rastro de nuestra presencia. Buscaron y recogieron hasta el último de los casquillos consumidos. Nuestras pisadas fueron cuidadosamente barridas. Sólo entonces regresamos a la jungla, dejando la base enemiga como si allí no hubiese sucedido nada.

Durante los meses siguientes se repitió varias veces esta operación en las cabañas. Los grupos de infiltración que cruzaban la frontera no tenían forma de comunicarse entre sí mientras hacían su camino. Simplemente desaparecían sin dejar rastro.

El autor, el coronel Rod Paschall, sirvió en los Boinas Verdes y en la 25ª División de Infantería en Laos, Camboya y Vietnam durante la guerra del Sudeste asiático

MONTAGNARD

El coronel Rod Paschall llegó a Vietnam del Sur en 1962 con un destacamento de las Fuerzas Especiales. Su cometido era armar y entrenar a los nativos de la meseta de Darlac, los montagnard.

El Vietcong operaba ya en esa zona. Equipos de agitación y propaganda formados por cuatro hombres recaudaban impuestos en arroz y reclutaban adictos. Las aldeas que se resistían eran objeto de represalias

Para el gobierno de Saigón era fundamentad la lealtad de estos nativos de las áreas fronterizas. Pero armarlos era un asunto peligroso. Si se pasaban al Vietcong las armas podían ir directamente a las manos del enemigo. Sin embargo estos montagnard odian a los vietnamitas -comunistas y no comunistas - quienes siempre les habían tratado como a inferiores. En cambio estaban dispuestos a ser leales a los estadounidenses siempre que estos les proporcionasen armas.

Rod Paschall llegó a Darlac al frente de un grupo de 12 hombres. Pero estos equipos "A" no estaban organizados como fuerza de combate. Comprendían dos oficiales y diez sargentos, especialistas en transmisiones, armas, demolición, información y medicinas. La idea era operar con los nativos, entrenarles y asistirles cuando entrasen en combate.

El problema era que en el área operaban compañías regionales del Vietcong, cada una de ellas de 80 a 100 hombres armados con AK-47, subfusiles de la II Guerra Mundial y morteros. Ello significaba que los norteamericanos debían trabajar deprisa para convertir a las tribus en fuerzas de combate eficientes.

En Lac Thien, la primera aldea que visitaron Paschall y su equipo, diez nativos mnong habían sido ya armados. Todo su uniforme era un taparrabos, pero tenían carabinas estadounidenses y algunas granadas. La aldea en sí estaba defendida por dos cercas de alambre de espino y estacas Punji. Y estaba mal situada, al pie de una colina.

Al cabo de una hora de haber llegado a Lac Thien, Paschall recibió una nota del Vietcong local en la que se le decía que se fuese o moriría. Con cuatro nativos Rhade que habían seguido al grupo, Paschall preparó una emboscada.

Tres de los agitadores del Vietcong -autores de la nota - murieron y su jefe fue capturado.

Interrogado, éste revelo que la compañía regional preparaba un ataque.

Para cuando este se produjo, tres semanas después, el equipo de Paschall ya había armado otros 25 nativos, preparado un puesto de observación en lo alto de una colina cercana, entrenado y equipado otras dos aldeas, erigido una sencilla red de radio y organizado una fuerza de 75 guerreros mnong. Normalmente 2 ó 3 norteamericanos acompañaban a cada patrulla y siempre había fuera del campamento base por lo menos una de las secciones de la compañía.

El ataque fue nocturno y comenzó con un bombardeo de granadas de mortero. En cuestión de minutos, las defensas de la aldea y los puestos de guardia habían sido reforzados. El perímetro cedió, pero el Vietcong fue rechazado por un ataque aéreo dirigido por una "Broken Arrow" (Flecha Rota). Un nativo había muerto y varios estaban heridos. El Vietcong dejó tres muertos, aunque parecía que otros habían sido arrastrados por sus camaradas. Agujeros de bala en las chozas de la aldea demostraban que el enemigo no estaba demasiado bien preparado; además no había montado una base de fuego para apoyar el avance de sus hombres.

En el plazo de un año, el equipo de Paschall había equipado otras veinte aldeas y la compañía local del Vietcong era presa de las defecciones. Cuando Paschall y sus hombres dejaron Vietnam, en 1963 creían que la guerra tocaba su fin. En realidad no había hecho sino empezar. El politburó de Hanoi entendió que el Vietcong estaba perdiendo la guerra en las colinas y, en diciembre de 1963, empezó a enviar al sur unidades regulares del Ejército de Vietnam del Norte.