Las primeras tropas sudcoreanas llegaron a Vietnam en febrero de 1965. Aunque oficialmente asignadas a misiones de segunda línea, ya el 3 de abril participaron en un tiroteo. En aquellas fechas había 200 sudcoreanos en el país; su número aumentaría de forma gradual hasta llegar a los 47.829 soldados, cuya preparación era excelente. En su mayor parte estaban desplegados en la Zona Táctica del II Cuerpo, en la planicie costera central en torno a Qui Nhon y Nha Trang. La provincia de Binh Dinh era algo marginal desde el punto de vista de actividad bélica. Los sudcoreanos se limitaban a efectuar misiones de vigilancia, pero de un modo muy eficaz.
Después del contingente norteamericano, el sudcoreano constituía la segunda fuerza combatiente en Vietnam desde el punto de vista cuantitativo y además, fue el último en abandonar la región, pues salió de Vietnam en marzo de 1973. Estados Unidos retiró los últimos elementos de sus unidades de tierra en 1972. El presidente sudcoreano, Chung Hee Park, explicó con orgullo que la ocupación de Vietnam "no sólo consolidaría la seguridad de Corea del Sur, sino que además contribuiría a reforzar el frente anticomunista del Mundo Libre". Los sudcoreanos todavía tenían fresco el recuerdo de la dura lucha que sostuvieron contra los comunistas apenas un decenio antes; es por esto que tenían muy claro qué significaba su despliegue en Vietnam y porqué actuaban con esas dosis de fanatismo.
Resultaba sorprendente entrar en el pabellón de oficiales de la Brigada Dragón Azul de las Fuerzas Armadas sudcoreanas y, antes incluso de ser presentado, escuchar voces ininteligibles, en un tono absolutamente peculiar y muy poco habitual en aquellas latitudes. Las únicas palabras que podías entender eran Westmoreland, América y Vietcong. El oficial que nos acompañaba explicó que los militares rezaban para que se concediera a los Dragones y a sus aliados la fuerza para matar a los Vietcong. La brigada de infantes de marina basada en Hui An, cerca de Quang Ngai, en el ámbito de la Zona Táctica del I Cuerpo, era un modelo de virtudes militares. Su campamento estaba limpio hasta la pulcritud, para lo que se aprovechaba cualquier cosa que hubiera a mano; la vainas de los proyectiles de artillería delimitaban los pasos peatonales, hechos de grava; las cajas de raciones C, una vez vacías, se utilizaban para el embellecimiento de los edificios, y las cajas de municiones servían como cubos de basura. Era imposible encontrar desperdicios tirados por los rincones: incluso los soldados colaboraban y cuidaban los parterres de césped de Kentucky. Los centinelas, que observaban una uniformidad perfecta incluso en las peores condiciones, se cuadraron invariablemente cada vez que pasé ante ellos. Era su forma de darme la bienvenida. Por la tarde el campamento era un griterío y se oía el ruido sordo de los ladrillos partidos en dos con un golpe de las manos o de los pies: eran soldados que realizaban sus ejercicios cotidianos de Taekwondo.
Durante tres días fotografié a los sudcoreanos atendiendo enfermos, ayudando a los civiles y realizando patrullas de rutina, pero aún no los había visto en combate, aunque, tras ser tiroteados por unos guerrilleros emboscados, el comandante de una compañía ordenó a sus hombres que incendiaran la aldea desde donde se habían efectuado los disparos. Cuando el que disparaba sobre ellos se encontraba en áreas consideradas seguras, los sudcoreanos con frecuencia daban una demostración improvisada de Taekwondo contra las casas desde las que habían partido los disparos. El área bajo su responsabilidad (TAOR) era segura y, de hecho, viajamos en un jeep descubierto mientras nos enseñaban como los soldados ayudaban a los campesinos a recoger y debrozar el arroz, atendían a los enfermos en las aldeas y reconstruían un templo budista dañado por un bombardeo norteamericano. Más tarde en Quang Ngai, observamos a una escuadra de instructores ocupados en enseñar Karate a muchachos de las escuelas superiores. Luego regresamos a la base sin incidentes que reseñar, pese a que recorrimos 20 Km de noche.
Mi asistente me despertó a las 05:00. La unidad con la que yo había estado de patrulla el día antes había sufrido un ataque nocturno mientras estaba acampada en un cementerio. Un helicóptero H-34 me trasladó al lugar del combate. Descendimos abruptamente desde una altura de 450 m. a un estrecho perímetro defensivo en torno al viejo cementerio vietnamita, llenos de pozos de tirador improvisados en las tumbas. Algunos infantes de marina corrieron hacia en helicóptero y lanzaron un cuerpo envuelto en una manta. Siguieron dos heridos capaces de tenerse en pie. Había cuerpos por todas partes, muchos vestidos con el tradicional pijama negro, otros con los uniformes verdes del Ejército nordvietnamita. Dejé de contar los muertos cuando llegué a 50, y eso que el recuento se limitó al interior del perímetro. Desde un bosque de bambúes que había delante del cementerio tarían más muertos. Encontré a los infantes de marina que conocí el día anterior y que empezaron a contarme la historia.
Sabían, aunque no comprendí bien como, que serían atacados. Probablemente se necesita ser asiático para comprender las intenciones de otro asiático. De cualquier forma, algunos hombres salieron de patrulla para localizar al enemigo, no llevaban armas de fuego, sino tan sólo cuchillos y una especie de garrotes. Los primeros Vietcong que cayeron en sus manos no llegaron a saber que era los que los mataba. Luego, las patrullas se alejaron, no sin antes colocar algunas trampas y solicitar la intervención de la artillería sobre la fila de árboles situada a 50 m de sus posiciones. Algunos cadáveres ni siquiera tenían un rasguño. Di la vuelta a uno sobre la espalda para llevarme la hebilla de su cinturón como recuerdo (aunque ya había desaparecido): tenía el cuello quebrado como una caña. El sargento sonrió he hizo un gesto que no dejaba lugar a duda.
Los sudcoreanos no necesitaban exagerar el número de muertos para los ordenadores del Pentágono: sólo en aquella acción dieron cuenta de 85 vietcong contra unas bajas propias de tres muertos y diez heridos. Los árboles que estaban en torno al cementerio estaban cubiertos con cuerpos humanos y por todas partes se veían manchas de sangre. Los sudcoreanos parecían pertenecer a otros tiempos. Una compañía de 150 hombres que operaba a lo largo de la frontera con Camboya, junto a la 4ª División de Infantería norteamericana, cayó en una emboscada tendida por el 101er. Regimiento de Infantería nordvietnamita. Al terminar la acción las tropas comunistas se retiraron y dejaron sobre el terreno 182 muertos: los sudcoreanos sólo tuvieron siete bajas. Documentos capturados a los Vietcong reflejaban el respeto que tenían por los sudcoreanos. En uno se leía: "El contacto con las tropas de Corea del Sur debe evitarse a toda costa si la victoria no esta segura en un 100%". El teniente general Chae, que mandaba la famosa División Tigre, no exageraba cuando afirmaba: "Si están los sudcoreanos, la posición está segura en un cien por cien". Un día en la provincia de Binh Dinh, una unidad sudcoreana se convirtió en objetivo de algunos francotiradores apostados en una aldea. Se ordenó una incursión inmediatamente. Al día siguiente, un oficial de infantería norteamericana entró en la aldea y encontró decenas de civiles muertos, incluidos el jefe de la comunidad, su mujer e hijos. Los habían atado a postes y matado a puñaladas. Un superviviente declaró que un oficial sudcoreano le había dicho: "Lárgate y cuenta a todos lo que ha sucedido aquí".
Al final estuve una semana con los "Tigres", después de encontrar a dos fotógrafos del Cuerpo de Transmisiones agregados a la 1ª División de Caballería. Supe que los "Tigres" operaban en Bong Son desde su base principal de Binh Dinh , al norte de Nha Trang. La 1ª División de Caballería había ocupado la zona dentro de la operación "Masher/White Wing" y los sudcoreanos se encargaron de asegurarla.
Durante un raro asalto heliportado (raro porque los norteamericanos no podían permitirse el lujo de proporcionar helicópteros a sus aliados), dos compañías Tigre localizaron una docena de sospechosos de pertenecer al Vietcong. Yo me encontraba con ellos. Los sospechosos eran ancianos arrugados, demasiado viejos para la guerra. Debía tratarse de agricultores que simpatizaban con el Frente de Liberación nacional. El descenso de los helicópteros fue contestado por algunos francotiradores, mujeres y niños aterrorizados salieron de los sembrados gritando "no Vietcong". Sin embargo, por los alrededores encontramos gran número de refugios.
Cuando el jefe de la compañía arrastro aparte a un par de sospechosos para sacarles información, el oficial norteamericano de observación artillera y su operador de radio se alejaron. En un pésimo vietnamita, el capitán sudcoreano comenzó a interrogar a gritos a los asustados sospechosos. Casi no logré percibir, tan repentino fue, el movimiento de las manos, pero uno de los prisioneros se dobló en dos con una visible señal en el cuello. Todavía no hubo respuesta. Esta vez conseguí seguir la mano y también pude oír como fracturaba el antebrazo del desgraciado. Tomé una fotografía, pues hasta entonces nadie se había apercibido de mi cámara. Mientras se contorsionaba por el dolor, pero todavía mudo, el prisionero fue obligado a arrodillarse sobre el umbral de uno de los pozos de tirador. El oficial se retiró un par de metros, levantó su carabina M-2 y, con movimientos deliberadamente lentos, la montó y quitó el seguro. Luego, a una distancia de unos 15 m. disparó todo el cargador en un santiamén, tirando a escasos milímetros del hombre arrodillado. Esta vez no conseguí captar la escena, porque un soldado sudcoreano me arrebató la cámara y. apuntándome con su M-16, gritó: "¡No Fotos!" me apresuré a reunirme con los otros norteamericanos mientras el prisionero por fin empezaba a hablar. Pocos minutos después vi cómo tres sudcoreanos lo llevaban colina abajo. Luego se oyó un disparo de pistola. Los soldados regresaron sin el prisionero. Los sudcoreanos no creían que fuera posible reeducar a un comunista.
El fotógrafo británico Tim Page comenzó su carrera precisamente durante la guerra de Vietnam, a la edad de 18 años. En 1967 pasó cierto tiempo con los sudcoreanos en Hui An y en la provincia de Binh Dinh
En términos generales, los métodos utilizados por los sudcoreanos eran idénticos a los de los norteamericanos: utilizaban las mismas tácticas y las mismas armas, y realizaban registros de aldeas, tendían emboscadas y montaban operaciones de bloqueo, contribuyendo así a la filosofía de la "búsqueda y destrucción". Sin embargo, existían algunas diferencias, en lo positivo y en lo negativo. En el primer aspecto hay que decir que la mayor parte de las operaciones efectuadas por los sudcoreanos tenía detrás una planificación mejor que la de sus aliados. Durante los registros de poblados, los soldados sudcoreanos actuaban con gran celo y minuciosidad, al tiempo que interrogaban a los sospechosos "in situ". En cambio, las unidades norteamericanas tendían a realizar una única batida, seguida de la evacuación de los civiles para su interrogatorio. Los procedimientos utilizados por los sudcoreanos proporcionaban, lógicamente, óptimos resultados en términos de armas requisadas y reducción de la actividad de los Vietcong. Pero los soldados sudcoreanos - y he aquí un aspecto negativo - también se hicieron famosos por la brutalidad de sus interrogatorios y por sus modos de ejecución de los prisioneros, por estrangulamiento o a golpes de Karate. Tales procedimientos tuvieron un fuerte impacto en el enemigo, pero también entre sus aliados norteamericanos y la población vietnamita.
Ya en 1954 se había ofrecido apoyo a los franceses en su lucha contra el Viet Minh, pero la oferta fue rechazada. Diez años después, en agosto de 1964, un pequeño grupo de enlace sudcoreano llegó a Saigón, seguido en febrero de 1966 por una llamada "unidad paloma" formada por técnicos, médicos y consejeros, preparados para ganarse a la población.
Estos primeros elementos tenían ordenes precisas de no intervenir en el conflicto, pero cuando, algunas semanas después, Estados Unidos se lanzó a la búsqueda de aliados que estuvieran dispuestos a intervenir en el conflicto de Vietnam, los sudcoreanos estaban listos para responder de modo afirmativo. En septiembre de 1965 comenzaron a llegar unidades de la División Tigre, que asumieron la misión de garantizar la seguridad de las grandes vías de comunicaciones y de las facilidades portuarias en las provincias de la zona central costera. En octubre, la 2ª Brigada (Dragón Azul) del Cuerpo de la Infantería de Marina de la República de Corea fue desplegada en Hui An, y un año más tarde la 9ª División (Caballo Blanco) ocupó una base en Ninh Hoa, al norte de la instalación de la bahía de Cam Ranh.
A finales de 1966, el área de operaciones de los sudcoreanos se extendió notablemente hasta comprender las importantes provincias de Ninh Thuan y Binh Dinh, con las carreteras estatales 1 y 19. En este sector, las unidades sudcoreanas garantizaban la seguridad de los puertos, mantenían abiertas las grandes vías de comunicaciones y asumían de forma continua la iniciativa en la lucha contra el Vietcong, al tiempo que se preocupaban de mantener el contacto con la población civil. Los coreanos permanecieron en Vietnam hasta marzo de 1973.