"¡COOOOOOORTO!", rugió, con su corpachón de 1,95 m desafiando al que le llevase la contraria.
El director del club, un sargento de primera que lo había visto ya todo, se acercó tranquilamente a aquella mole empapada en sudor y alcohol que amenazaba con destruir (como decían en el Ejército) una de esas mesas redondas que sólo se usaban en sucios clubs de suboficiales.
"Suelta mi mesa, sargento". La voz del fornido director se impuso al estrépito de los suboficiales; con la cabeza inclinada hacía arriba, miraba a aquella bestia que sujetaba la mesa en lo alto. "Suéltala o te echo de aquí."
El típico silencio que se percibe antes de que el tornado se lleve por delante la casa, se implantó en el club. Todos los ojos estaban fijos en el lugar de la escena. El Ranger borracho quedó paralizado, como si acabase de ver el alambre de una trampa. Su rostro y sus ojos se enfriaron y se endurecieron y los músculos de su cuello y sus brazos se tensaron. Entonces igual que el estallido de un globo, su risa resonó contra las paredes y la achaparrada figura del director del club.
"Bueno, me quedan muy pocos días para arriesgarme por esta mierda". Tomó otro trago de casi medio litro de su vaso y derramó el resto encima del soldado de primera que tenía debajo. "Un ratito caballeros. ¡Un ratito y me voy a casa!" sus vidriosos ojos comenzaron a dar vueltas y empezó a tambalearse en medio de sonoros eructos. "Estoy tan corto que las ballenas se cagan en mi…"
Levantó los brazos y efectuó la perfecta caída hacia atrás, sólo interrumpida por el suelo.
Era mi última noche en Tuy Hoa también, así que sé bien como se sentía. Yo era otro "corto". Después de doce meses de calor y polvo, humedad y barro, sanguijuelas y mosquitos, enfermedades, arrozales y montañas, mala comida, patrullas interminables, pies destrozados y jugando a la guerra en la selva con un puñado de guerrilleros y soldados del Norte que intentaban volarte la cabeza, ya era hora de irse a casa.
El último clavo del ataúd
Al igual que la mayoría, mi genuino sentimiento acalorado y alocado, duró unos treinta días antes del Tuy Hoa, junto al mar. Por supuesto, estas sensaciones ya se tenían desde antes, pero eran como los falsos dolores de parto de una mujer embarazada: punzadas agudas que anuncian la llegada de un momento que, en realidad, no ha llegado todavía. Entonces uno se deprime. A diferencia de la fecha de cumplimiento de una mujer, que se reduce como muchos algunas conjeturas, la FEVUM (Fecha elegible para la vuelta de ultramar) era fija, igual que el último clavo que cierra tu ataúd si te descuidas.
Las mujeres sienten un exceso de ansiedad si se pasan de la fecha; los soldados se vienen rápidamente abajo si surge algo que los retenga sólo un segundo más del día mágico.
Después de todo, un minuto más en Vietnam era un minuto más en el que te podían matar.
"Corto" no era sólo un termino aplicado a los muchachos que estaban a punto de regresar al Mundo. Era todo un estado de ánimo, una presencia que parecía crecer dentro de uno. Al principio nadie lo notaba. El soldado se limitaba a seguir con su trabajo, igual que lo había estado haciendo los últimos once meses. Pero después, durante los descansos para el cigarrillo o los altos en las patrullas, se empezaba a ver algo. Una especie de mirada estival, fija e interminable, en la que otros perciben que él no está viendo la jungla, si sintiendo la lluvia, ni oliendo a podrido. Está en una playa, de vuelta a casa, o conduciendo su coche con la capota abatida por la calle principal, o abrazando a su chica delante del fuego.
Todos habíamos sentido los mismo, por supuesto pero no del mismo modo. Para los que nos quedaban aún mucho tiempo, los "largos" era un sueño mítico y fantástico, demasiado lejano en el tiempo como para atreverse siquiera a desear que se hiciese realidad. Pero para un "corto", la fantasía se iba haciendo real, y la realidad del aquí y ahora - Vietnam - se disolvía rápidamente igual que un mal sueño, y eso era peligroso.
Cuando ya sólo le quedaban diez días en el país un Especialista de Cuarta Clase soñaba despierto con el hogar cuando su escuadra caminaba junto al lado derecho de un árbol caído. Pasó por la izquierda, pisó un alambre y disparó una trampa: un proyectil de obús de 105 mm. Tuvo suerte. Sólo perdió un trozo de su pierna derecha y su brazo derecho desde el codo. Dos miembros de su escuadra murieron por la explosión y otros dos quedaron tan mutilados que también pudieron haber muerto.
Ver el calendario completo
Supe lo que sucedió porque ello tuvo lugar en mi sección un mes después de que me hubiese ido a casa. Vi al protagonista unos años después y hablamos de ello. Ni una sola noche había dejado de soñar con aquel tronco.
Muchas unidades establecían por ello una "policía de cortos". Los comandantes sabían que los muchachos mostraban una cierta tendencia a alucinar cuando sus calendarios empezaban a estar completos. Esto tenía un especial relieve con los "enanos de un digito" -soldados a los que les quedaban menos de diez días- . Cuando quedaba alguna plaza vacante en la retaguardia -ya fuese de ayudante de blindados o pinche de cocina-, los oficiales más pragmáticos intentaban mandar allí a los "cortos" para sacarlos de la selva.
Eso si podía o quería. A veces no había bastantes muchachos, por lo que el "corto" tenía que sudar y exprimir hasta el último día en la selva antes de largarse. Si el jefe era un culo duro o simplemente demasiado imbécil para ocurrírsele, era la sección la que tenía que controlar la situación.
Ese "cuidado" se manifestaba de muchas maneras, algunas buenas y otras malas. Nunca se ponía a un "corto" en la punta (la vanguardia), ni siquiera en la cola (el último puesto). Se les mantenía alejados de los blancos de gran relieve como los ORT (operadores de radioteléfono) y los ametralladores. Se les mantenía alejados de los PO y PE (puestos de observación y puestos de escucha). No se les mandaba limpiar chozas, cuevas ni túneles. En resumen, no se les confiaba ninguna tarea, aparte de la de permanecer con vida… y asegurarse de que no matasen a nadie en el proceso, lo que de por sí ya era bastante importante.
Por otro lado, muchos infantes, demasiados supersticiosos, tendían a apartarse de los cortos que sólo unas semanas antes, habían sido sus mejores amigos. La razón era que aquel corto debía de haber agotado ya toda su suerte para durar tanto tiempo en la guerra. Eso suponía que era el principal candidato para una bala, una granada, un cohete RPG2, una bomba de mortero, una venérea, la mordedura de una serpiente, una insolación o una enfermedad contagiosa. Nadie quería estar a su lado cuando esto sucediese.
Y nadie quería estar al lado de un corto cuando la mierda cayese sobre el ventilador. ¿Disparar y desplazarse a la posición de una sección del EVN? El mes anterior, un corto ganó una Estrella de Bronce por capturar un nido de ametralladoras él sólo. Hoy, cuando ya sólo le queda una semana, el viejo y enorme árbol tras el que se esconde parece ser muy acogedor.
"¡Vamos tío!. Cúbreme el culo. ¡Vamos a salir!" "Ni hablar, tío. No pienso salir ahí" Lenta y obstinadamente, el corto mueve la cabeza: "Ah, ah! Ya estoy demasiado corto para toda esta mierda". Cada uno padecía el estado de "corto" de un modo diferente. Algunos muchachos se encerraban en si mismos, aislándose de Vietnam y de todo lo demás, y se movían mecánicamente hasta que llegaban a Camp Alpha, el centro de "desacondicionamiento" de Saigón. A otros no se les podía adivinar si le quedaban tres días o tres meses en el país. Compartían la porquería y los peligros como siempre, hablaban de esto y de lo otro como siempre, y de pronto, un día, ya se habían ido. Simplemente subieron al viejo pájaro de reabastecimiento con un último saludo a los muchachos, y desaparecieron. Así de fácil, y así de duro para los que se quedaban.
Y después estaban los "quemados". Justo lo contrario del típico corto que busca una excusa para salir del paso los últimos días.
Los quemados creían que eran invencibles. "¿Suerte? Que va tío. La suerte no tiene nada que ver con esto. Esos cabrones han estado intentando besarme el culo todo el año y no lo han conseguido. ¡Voy a cargarme unos pocos más antes de irme a casa!
Cuando los quemados se enfadaban, querían vengarse antes de irse. "Maldita sea! Esos cara amarilla emboscaron a mi gente anoche y enviaron a Billy al otro mundo. ¡Mejor que salgan pitando o se vana enterar bien!"
Los quemados querían matar. Habían visto morir a demasiados amigos en combates y emboscadas y se preguntaban por qué la bala que le estaba destinada no le había llegado. Era el máximo sentimiento de culpabilidad: el del superviviente. ¿Por qué uno sigue vivo cuando el otro está muerto? Este tipo de deformación de las ideas hacía que los muchachos se lanzasen a las emboscadas y a la tierra de nadie durante los combates. Lanzaba a los pilotos de helicópteros a LZ inseguras y calientes sólo cuando unos pocos minutos más hubiesen bastado para tener el terreno bajo control. Y lanzaba a muchos de ellos a tabernas y prostíbulos en busca del último combate.
Pero los quemados solían ser una especie rara y en vías de extinción. Normalmente se les veía reengancharse durante otros seis meses u ofrecerse voluntarios para volver después de uno o dos meses en Estados Unidos. Jugaban a la ruleta rusa al estilo de Vietnam… pero la verdad era que no sabían como hacerlo.
Atrapar el pájaro de la libertad.
Al día siguiente, aquel sargento Ranger borracho nos marchamos juntos de Tuy Hoa rumbo a Saigón en un C130; dos cortos rumbo a casa. Me sentía peor que él en la fase terminal de la resaca. Nos cruzamos unas pocas palabras a voces por encima del rugido de los motores, pero no había mucho que decir. Los dos estábamos rumbo a casa, pero el ser un corto ya no era tan impresionante ni importante como nos había parecido pocos días antes.
Deambulamos por Camp Alpha durante los dos días siguientes, en espera de que nos incluyesen en algún vuelo de vuelta al Mundo. El lugar estaba repleto de cortos como nosotros, pero eso ya no quería decir nada, nadie nos miraba con envidia o celos ni nos manejaban con guantes de seda; nadie se emborrachaba ni gritaba "¡COOOOOOORTO!", ni fastidiaba ya con calendarios repletos.
Ese fantasma, o presencia, o lo que fuese, que nos había hecho tan especiales y distintos en nuestras unidades, había desaparecido. Ahora ya sólo éramos un puñado de soldados esperando a que el pájaro de la libertad nos llevase a casa.
El autor, John Morris, sirvió siete años en el Ejército norteamericano y alcanzó el rango de jefe de escuadra de infantería durante la guerra de Vietnam.