El capitán Baldridge estaba en la otra ladera de la colina cuando oyó los disparos. Su primera tentativa de establecer contacto por radio con el teniente Darling fracasó. Luego, una voz gritó por la radio de la compañía: "Noviembre está herido de gravedad". El radiotelegrafista, el especialista de 4ª clase Ellis, utilizaba el nombre en código de Darling. Fue su última transmisión. Todos los hombres del grupo, salvo uno, murieron.
A pesar de las heridas, el soldado Robert J. Bickel consiguió arrastrarse hasta su sección. Pero sus invocaciones de ayuda no sólo atrajeron la atención de sus compañeros, sino también la de un hombre menudo, vestido de verde, que apareció detrás de un árbol, empuñó su fusil AK-47 y lo remató.
El capitán Baldridge consiguió alcanzar la cima de la colina. Desde allí podía oir como los comunistas reían y gritaban más abajo. La patrulla del teniente Darling había sido aniquilada a 30 m. del perímetro. Tres soldados se dirigieron hacia el enemigo dispuestos a vengar a Bickel, pero se vieron en dificultades. Tras matar a los hombres de Darling esta vez el enemigo no se había desvanecido como hubiese sido normal, sino que abrió fuego contra los recien llegados hiriéndolos a los tres. Al amparo del cráter de una bomba, los tres soldados siguieron disparando hasta que dos de ellos se quedaron sin municiones y el tercero insertó su último cargador.
Era 1967 y aquellos "caras amarillas" no eran aquellos Vietcong contra los que los norteamericanos estaban habituados a combatir. Se trataba de soldados del Ejército nordvietnamita que, sin embargo, no era un ejército como los demás y, sobre todo, era muy diferente al norteamericano. Las diferencias comenzaban ya el la cúspide del mismo. Los mandos del ejército nordvietnamita no eran esencialmente líderes militares. Eran políticos, hombres que habían consagrado su vida a la causa de la independencia vietnamita y deseaban dirigir un ejército revolucionario, motivado por los ideales del marxismo-leninismo y del nacionalismo. Según ellos, las ideas políticas de un soldado eran tan importantes como el arma que empuñaba.
Elemento base de este ejército revolucionario eran los cuadros. Políticamente motivados, altruistas, con un elevado concepto de su misión, incansables e incorruptibles, tenían una influencia decisiva sobre sus respectivas unidades. Además de mandar a sus hombres, los organizaban, los educaban en las directrices del partido e intentaban potenciar el sentido de la responsabilidad.
Los oficiales nordvietnamitas debían tener una visión correcta de la política bélica, además de la estrategia, debían actuar dejando a un lado cualquier interés personal. Estaban flanqueados por los comisarios políticos, agregados a cada unidad: pero, en el Ejército nordvietnamita, oficiales y comisarios estaban politizados prácticamente en la misma medida.
El recluta medio, casi siempre un campesino de unos 20 años, normalmente no era comunista. Los ideales en que estaba inmerso el mundo rural en el que vivía eran más antiguos: una mezcla de budismo y confucionismo. Esta dimensión religiosa nunca entró en conflicto con el estado. Por el contrario, el respeto por la autoridad estaba profundamente enraizado en la vida de la aldea, donde por tradición, cada individuo subordinaba sus propios intereses a los de la familia. Ho Chi Min era objeto de veneración casi universal, y la autoridad del gobierno de Hanoi era indiscutida. En cuanto a la ideología marxista, formaba parte del entorno de sus vidas.
En el Ejército nordvietnamita se dedicaba mucho tiempo al adoctrinamiento ideológico de las nuevos reclutas aunque con frecuencia sin demasiado provecho. Un soldado nordvietnamita explicaba: "Cuando el comisario político nos leía los textos revolucionarios (…) hablaba mientras que nosotros sentados, fumábamos y pensábamos en nuestras cosas". A pesar de ello, el mensaje fundamental calaba en la audiencia: una revolución había dado la independencia a la mitad de Vietnam; la otra mitad aún debía ser liberada del yugo imperialista norteamericano. Más tarde comenzaron los bombardeos norteamericanos sobre el Norte, y no hicieron falta más pruebas para convencer a los reclutas sobre la necesidad de combatir contra el invasor. Para el campesino medio nordvietnamita, los bombardeos constituían un ultrajante acto de agresión, y cualquier duda para marchar hacia Vietnam del Sur para apoyar la "lucha del pueblo" contra el gobierno de Saigón se desvaneció como nieve al sol.
Muchos no regresarían
Sin embargo, no cabe pensar que los soldados nordvietnamitas estuvieran más preparados a marchar hacia Vietnam del Sur que los de cualquier otro ejército. Algunos desertaron cuando sus unidades recibieron la orden de movilización y fueron hallados en sus aldeas. Muchos estaban angustiados por la idea de que nunca más volverían a sus casas ni a ver a sus seres queridos. Pero los comisarios y oficiales se esforzaron sobre todo por convencer a los hombres de la importancia de su misión y por mantener la moral alta.
En efecto, se necesitaba una gran presencia de ánimo para sobrevivir al viaje a lo largo de la llamada Ruta Ho Chi Min. Al igual que los guerrilleros del Sur, los soldados nordvietnamitas siempre habían llevado una frugal existencia, con pocas comodidades y mucho trabajo. Pero el viaje a lo largo de la Ruta casi siempre era una pesadilla más terrible que cualquier otra experiencia anterior. La jornada de marcha se iniciaba a las 03:30 de la mañana y terminaba al caer la noche, con una breve pausa para la comida.
La malaria hacía estragos
Llevar a la espalda una mochila de 40 kg. en mitad de la jungla y por las montañas era una tarea penosa, y eso sin contar las serpientes, las sanguijuelas o los mosquitos. Las raciones se componían de arroz, un poco de carne o pescado salado, leche condensada, azúcar y té. Cuando un hombre gozaba de buena salud, la rutina era soportable, pero una ampolla o un tobillo dislocado podían hacerla insoportable. Con todo, la peor enfermedad era la malaria. Se ha calculado que uno de cada diez nordvietnamitas moría en el curso de la marcha a lo largo de la Ruta, y en su mayor parte a causa de la malaria. Los ataques aéreos enemigos eran, en comparación, una preocupación secundaria.
Cuando los hombres enfermaban, solían pedir que se les devolviese a sus casas, pero ello no les fue dado ni una sola vez. Si un soldado estaba incapacitado se quedaba en una de las estaciones intermedias a lo largo de la Ruta para unirse a la siguiente unidad en marcha hacia el Sur apenas hubiese recuperado las fuerzas. De otro modo, continuaba penosamente adelante, ayudado por los otros dos "camaradas" de la célula a la que pertenecía. En efecto, los camaradas de las células de tres hombres, elemento básico tanto del Ejército nordvietnamita como de las formaciones del Vietcong, debían permanecer siempre juntos para ayudarse y vigilarse recíprocamente.
Cuando llegaban al Sur, las tropas nordvietnamitas estaban exhaustas y desmoralizadas, y necesitaban un periodo de reposo antes de poder entrar en combate. Por otro lado, debían superar en trauma de la otra realidad que les esperaba: pensaban que debían apoyar una insurrección popular y, en cambio, debían permanecer ocultos en la jungla y evitar todo choque convencional con las fuerzas norteamericanas.
Incluso los contactos con los nordvietnamitas debían ser decepcionantes para los soldados nordvietnamitas. Se les indujo a considerarse como libertadores, y esperaban un recibimiento de héroes. En cambio, los campesinos del sur consideraban a sus hermanos del norte como catetos, a quienes estafaban sin piedad cuando les vendían provisiones. Incluso los Vietcong eran aliados poco cómodos. Guerrilleros y soldados nordvietnamitas se burlaban mutuamente a causa de las diferencias de acento y costumbres, y ni siquiera los cuadros conseguían siempre cooperar, pues los mandos del Vietcong no aceptaban con facilidad la idea de que gente apenas llegada del Norte asumiese el mando.
No obstante, cuando se iniciaba la rutina del adiestramiento mejoraba la moral de las tropas nordvietnamitas. Sólo perduraba, inevitablemente, la nostalgia de casa. El servicio postal era lento e inseguro. En efecto, se necesitaban casi cuatro meses para que llegasen las cartas del Norte, y ello era un lazo demasiado frágil con los seres queridos. Los soldados nordvietnamitas pasaban gran parte de su tiempo hablando de las novias que habían dejado en el Norte: muchos llevaban con ellos las descoloridas fotografías de unas chicas a las que no volverían a ver en años, y no pocos de ellos nunca más.
Aparte de cuando llegaban noticias de casa, la monotonía de la vida en la jungla se interrumpía a veces con la llegada de un grupo de animación, que solía cantar himnos revolucionarios o representar comedias "edificantes". También había lecciones de dibujo, naturalmente inspiradas en el característico estilo del realismo socialista. Se pedía a los soldados que escribieran sobre temas ideológicos bajo la supervisión de comisario político. Durante el tiempo libre jugaban al voleibol y, en raras ocasiones, se concedía un trago de licor de arroz. Por la tarde cantaban himnos, socialistas como es obvio, o bien escuchaban la radio. Las transmisiones preferidas eran los noticiarios internacionales (los World Service) de la BBC. Pero la mejor defensa contra la depresión era la proximidad de los compañeros de célula.
Extranjeros invasores
Cuando entraban en combate, los nordvietnamitas eran óptimos soldados. Los norteamericanos tenían ante sí enemigos tenaces, disciplinados y valientes. En la práctica, el ejército de Hanoi era una maquina bélica muy eficaz. Es cierto que sus soldados no tenían otra alternativa que luchar, pero sus motivaciones eran muy fuertes, debidas en parte a los interminables sermones políticos y en parte a un arraigado nacionalismo común a todos los vietnamitas. Los hombres sabían por qué luchaban y confiaban en sus mandos.
Por otro lado, y a diferencia de lo que ocurría entre los norteamericanos, los nordvietnamitas se sentían apoyados por el tejido social. Los civiles respaldaban sin reservas esta guerra de liberación y creían firmemente en la victoria. Los soldados sabían que quienes permanecían en el norte combatían y sufrían bajo las incursiones aéreas tanto como ellos. Aunque el Sur podía parecer a sus ojos una tierra extraña, estaban convencidos de que formaba parte de su país y de que todos los norteamericanos eran invasores extranjeros. Sin embargo, quizás el elemento más importante era la relación entre los mandos y los oficiales. Por ejemplo, en el EVN los mandos no llevaban distintivos de grado. Los oficiales no gozaban de grandes ventajas y realizaban una vida similar en todo a la de sus hombres. La mayor parte demostraba una gran dedicación a su misión y era capaz de inspirar un sentimiento análogo en la tropa. En todo el ejército de Hanoi nunca se produjo una agresión de un soldado a un oficial, mientras entre las tropas norteamericanas el fragging (matar a un oficial odiado con una granada de fragmentación) llegó a convertirse en práctica corriente.
Según los mandos de Hanoi, el primer deber de los oficiales y de los comisarios políticos era estimular a los soldados en el sentido del deber y una fuerte motivación que contrarrestase el hambre, la nostalgia de casa y las durezas de la vida militar.
Luchar por el propio país era una tarea menos onerosa si se siente que ese sacrificio no es inútil.
Los comandantes del EVN sabían que si combatían en el mismo plano que los norteamericanos, se llevarían la peor parte en cada confrontación. Su principal prioridad fue asegurarse de que combatían en sus propios términos en todas las ocasiones. Incluso cuando los norteamericanos les buscaba, casi siempre era el EVN el que los encontraba a ellos.
Disciplina de fuego del EVN
Alerta y siempre listo para partir en cualquier momento, rara vez se cogía por sorpresa al EVN. Cuando una fuerza norteamericana salía para batir una zona ocupada por tropas del EVN, su llegada era cualquier cosa menos secreta; siempre era anunciada por numerosos movimientos de helicópteros y preparativos de artillería y aviones. Esto daba al EVN dos opciones: quedarse o marcharse. Si se veía con posibilidades, el EVN se quedaba. Si no, se dividía en pequeñas unidades y evacuaba rápidamente la zona… siempre a punto para volver cuando se marcharan los norteamericanos.
No obstante, el EVN se quedaba a menudo en el terreno. Cuando decidían dar una calurosa recepción en la zona de aterrizaje, los preparativos solían ser su carta más alta. Habían reconocido todo el área, identificando las posibles zonas de aterrizaje y colocando morteros, ametralladoras ligeras y demás armamento en torno a ellas. Cuando llegaban los helicópteros, los soldados del EVN al acecho mantenían una absoluta disciplina hasta que llegaba la orden de abrir fuego. El volumen de fuego dirigido contra las recién llegadas tropas norteamericanas podía ser asombroso.
Los nordvietnamitas podían también esperar a que una compañía intentara avanzar desde la LZ. Entonces siempre se producía la misma cadena de acontecimientos, repetidos una y otra vez durante esta prolongada guerra. En un momento dado, las tropas norteamericanas caían en una emboscada cuidadosamente preparada. Iban buscando al enemigo, pero lo primero que veían era una lluvia de fuego procedente de posiciones ocultas, minas detonadas a distancia que explosionaban por todas partes igual que un bombardeo de artillería, y el fuego de morteros. Todos los hombres se tiraban al suelo y se quedaban allí. En aquel momento, el EVN había triunfado por completo sobre la supuesta movilidad norteamericana.
Un elemento clave en la táctica del EVN en esta fase era asegurarse de estar lo suficientemente cerca de los norteamericanos como para impedirles pedir apoyo a la artillería o a los aviones. Las unidades norteamericanas en campaña solían recurrir a un terrible potencial de fuego, desde helicópteros artillados Cobra y ataques con napalm hasta bombardeos con B-52 y artillería. Conforme más cerca del enemigo estuviese el EVN, más seguro estaría. Algunas unidades norteamericanas incluso se vieron obligadas a pedir fuego sobre sus propias posiciones para detener al EVN.
La muerte era parte del combate
Combatir tan cerca del enemigo requería ciertas cualidades, por supuesto. Exigía firmeza y disciplina. Los hombres tenían que confiar implícitamente en los que combatían junto a ellos y saber que no les fallarían. Las compañías del EVN tenían que estar muy cohesionadas para resistir la tensión que produce combatir deliberadamente tan cerca de un enemigo con superior potencia de fuego. Los soldados tenían que confiar también en sus oficiales: que las ordenes que impartían fuesen las correctas y fuesen obedecidas; algo que se convertiría en un gran problema para el ejército norteamericano más tarde, cuando los hombres dejaron de confiar en sus mandos. Y finalmente, combatir a distancias tan deliberadamente cortas exigía la aceptación previa de numerosas bajas. La muerte era parte del combate: uno no podía sustraerse a aquella realidad. Muchos de los norteamericanos querían, o así lo parecía, un campo de batalla donde nadie muriese.
Con los norteamericanos inmovilizados cerca de la zona de aterrizaje, el EVN empezaba a maniobrar por detrás, cortando su línea natural de retirada. Esto les aseguraba el control táctico de toda la operación norteamericana. En lugar de buscar y destruir a los nordvietnamitas como tenían pensado, los norteamericanos tenían que dedicar todos sus esfuerzos a sacar a sus hombres de una trampa. Al EVN le bastaba con distraer a los refuerzos enviados para relevar a la compañía rodeada hasta que la ventaja de hombres y armas se volviese en contra suya. En aquel momento, la fuerza del EVN se dividía en pequeñas unidades y desaparecían del campo de batalla. Los norteamericanos podían intentar su propio movimiento envolvente, utilizando helicópteros para desembarcar hombres en la retaguardia, pero bloquear al EVN era como coger agua en un colador. Desaparecían por cualquier resquicio abierto en la línea norteamericana - una brecha de 10 m. era suficiente en la jungla - y se reagrupaban después en un punto prefijado.
Verdaderas tácticas de guerrilla.
Estas eran las tácticas para transformar la defensa en ataque. Para las verdaderas operaciones defensivas, el EVN tenía dos métodos principales. Uno era la incursión a pequeña escala, de hecho la verdadera táctica de guerrilla. Una pequeña unidad lanzaba de noche un ataque sobre una base norteamericana y desaparecía antes de amanecer, tras infligir el mayor daño posible. Pero cada vez más, conforme avanzaba la guerra, y especialmente cerca de la ZDM, donde sus líneas de abastecimiento eran más cortas y había más refugios disponibles, el EVN empezó a efectuar grandes ataques coordinados a gran escala. Más que a ganar objetivos militares, estos ataques estaban destinados a conseguir el máximo impacto político y psicológico. Los nordvietnamitas se sabían incapaces de derrotar a los norteamericanos en un enfrentamiento militar directo. Pero estaban seguros de que podían ganar la guerra, dado que la voluntad de combatir de los norteamericanos se venía abajo con las presiones. Los grandes ataques contra bases de fuego y los prolongados asedios de fuerzas norteamericanas eran el medio de conseguir esa presión.
Paradójicamente, la superioridad local en movilidad y potencia de fuego que necesitaban era quizás más difícil para el EVN en un ataque escrupulosamente planeado que en una operación defensiva inmediata. Una base de fuego norteamericana, el objeto de ataque más común, era una posición terriblemente defensiva. Cada vez que el EVN intentaba atacar una base de fuego con un asalto en masa, sus pérdidas eran muy numerosas. Pero el asedio era una táctica poderosa.
El EVN era experto en desplazar grandes contingentes de hombres sin ser vistos. Sabían que cuando consiguieran poner la posición norteamericana bajo el fuego, todo el peso de su potencia de fuego se dirigiría contra la fuerza de asedio. Por ello, los nordvietnamitas preparaban fuertes y profundas trincheras que sobrevivirían a todo excepto a un impacto directo de bomba o proyectil. Una vez en posición y atrincherados, ya estaban listos para empezar.
Durante un asedio, el EVN demostraba cuánta potencia de fuego podía concentrar sobre un objetivo. Primero estaban las armas de apoyo de la infantería. Los morteros de 60 y 107 mm eran especialmente eficaces, pues el EVN siempre reconocía minuciosamente cualquier objetivo antes del ataque y planeaba los blancos de cada mortero y los ángulos de tiro necesarios. Incluso los morteros se atrincheraban en el suelo y sólo sobresalía la punta del tubo, fijada para alcanzar un blanco norteamericano. Durante el asedio, un nordvietnamita corría rápidamente desde su trinchera, colocaba una bomba de mortero de tubo y volvía para ponerse a salvo mientras el arma disparaba. El fuego de réplica norteamericano contra la posición de morteros tenía poco o ningún efecto. La infantería del EVN también tenía cohetes de vuelo libre - no muy certeros, pero lo bastante buenos contra un objetivo como una base norteamericana - y el cañón sin retroceso de 75mm. Pero cerca de la ZDM el EVN también podía ofrecer a su infantería verdadero apoyo de artillería. Las baterías situadas al otro lado de la frontera bombardeaban la posición norteamericana bajo asedio. El cañón favorito del EVN era el M46 soviético de 130mm, su alcance de unos 27.000 metros, mayor que el de su adversario norteamericano, le permitía disparar sin temor al fuego de contrabatería. El EVN contenía la amenaza aérea dispersando la artillería, aunque el fuego seguía estando concentrado y coordinado desde un puesto de mando central enlazado con todas las armas por cable telefónico.
El tiempo derrotará al enemigo
El punto crucial de un asedio, desde el punto de vista del EVN, era mantener prácticamente toda la iniciativa. Si los norteamericanos enviaban refuerzos por tierra, podían tender emboscadas e iniciar asedios secundarios. Si se traían refuerzos, las tropas de refresco eran también asediadas. Realmente el EVN no podía perder: mientras mantuviese el asedio, el efecto psicológico sobre los norteamericanos iría creciendo. Un asedio se convertía en un foco de ansiedad para los norteamericanos, con las tropas siempre a la defensiva en un terreno hostil y sufriendo bajas. Pero cuando el EVN consideraba que sus bajas eran ya demasiado numerosas, simplemente ponía fin al asedio y desaparecía en la jungla. Los norteamericanos se quedaban sin la sensación de victoria con sólo pensamientos de supervivencia. Desde el punto de vista del EVN, el final ideal de un asedio hubiera sido el asalto a las fuerzas norteamericanas y su total aniquilación, pero un prolongado asedio servía igualmente a sus propósitos.
Las pérdidas del EVN durante cualquier acción aislada eran difíciles de calcular, pero solían ser muy numerosas. En muchas ocasiones, los norteamericanos fueron los primeros en romper el cerco, efectuando un preciso recuento de cadáveres enemigos. Pero siempre que era posible, el EVN se llevaba a sus camaradas muertos cuando se desvanecían en la jungla tras el combate.
Lo que más diferenciaba los conceptos nordvietnamitas y norteamericanos de la jungla era su apreciación de los aspectos políticos y psicológicos de la lucha. Para el EVN, incluso el más mínimo detalle de las tácticas de campaña tenía relación con el imperioso objetivo político de intensificar la presión sobre los norteamericanos sin tener que ganar necesariamente ningún encuentro militar decisivo. "Sólo el tiempo derrotará al enemigo", escribió Ho Chi Minh. Los nordvietnamitas estaban convencidos de que sólo tenían que seguir combatiendo en sus propios términos para mantener la iniciativa.