Había que acostumbrarse sobre la marcha. Por lo general, sólo hacía falta una incursión a la selva de Vietnam para darse cuenta de algo que los soldados de infantería sabían desde hace siglos: cuanto menos equipo se lleve, mejor.
Y esto era un autentico problema, porque el Tio Sam tenía sus ideas sobre lo que era necesario llevar para pelear en la guerra y, por supuesto, el soldado Snuffy tenía sus propias ideas acerca de lo que aquel trabajo requería.
Lo único en lo que ambos estaban de acuerdo era que los soldados necesitaban un arma y balas para disparar. Aparte de eso, las opiniones eran de lo más dispares.
Por ejemplo, algo tan simple como el casco. El Tío Sam decidió que lleváramos aquel cacharro de acero, y se imaginó que si había servido para la Segunda Guerra Mundial y la de Corea, sería lo suficientemente bueno para Vietnam. Pero nosotros estabamos muy pocas veces sometidos a bombardeo de artillería y a ataques con bombas y, por lo tanto, el trasto de acero era un peso adicional que había que llevar siempre encima.
Podríamos haber llevado las gorras de faena, una sudadera, el sombrero de ala ancha que llevaba la Caballería en las guerras contralos indios, un pañuelo, el sombrero de los australianos o nada. Muchas unidades obligaban a los soldados a llevar aquel trasto como parte del uniforme de combate y muchas unidades no dejaban la base sin llevar sus cascos puestos. Al Tío Sam se le había ocurrido que todo el mundo debía llevarlo siempre.
Cargar con todo eso
Los correajes (o equipo de transporte de carga como se le llamaba oficialmente) eran otra cosa en la que quienes estaban en el poder y el soldado Snuffy no estaban de acuerdo.
Durante la instrucción básica se enseñaba a la tropa a llevar el correaje básico (cinturón y las cinchas) una mochila, dos cantimploras, dos cartucheras, y el uniforme de campaña. Ni se les permitía algo tan anti-militar como un cuchillo. Intenta, con todo eso, levantarte y salir corriendo durante un ataque. Cuando ya no te quedaban municiones siempre podías arrojar tu mochila a los nordvietnamitas.
La situación variaba entre una y otra unidad, pero los soldados con los que estuve parecían polvorines vivientes. Cuatro y, a veces hasta seis cartucheras rodeaban el cinturón, con un par de bandoleras cruzadas colgando del pecho y, muchas veces, algunas de los hombros. Esto sin tener en cuenta los 200-400 cartuchos empaquetados en la mochila, o las cintas para la M60 que se llevaban en bandolera. En el espacio que quedaba en el cinturón iban las cantimploras, y el cuchillo se colgaba de un sitio accesible del correaje donde pudiera cogerse con facilidad (aunque no se ponía del lado del hombro desde el que se disparaba. Después de todo, había que apoyar la culata en alguna parte para disparar).
Claro que las balas no eran lo único que formaba el arsenal de Snuffy. Las granadas -de fragmentación, de fósforo blanco, de gas lacrimógeno y fumígenas- se llevaban en los bolsillos del pantalón, en cartucheras vacías, en los macutos o colgadas de los ganchos y presillas de los correajes. ("Esto se está poniendo pesado, sargento." "Pero vamos hijo, si aún no hemos empezado")
¿Era todo eso suficiente para mandar a la guerra al soldado Snuffy? Pues no, soldado. Aún faltan algunos elementos esenciales que deberán ir encima del caso de acero, en el chaleco antibala, las cinchas, el M16, los alrededor de 1000 cartuchos, las granadas y el cuchillo para hacerle a uno la vida totalmente miserable, en lugar de simplemente miserable. Y como aún nos queda espacio pondremos una mochila.
El viejo Equipo Ligero de Transporte Individual Polivalente ALICE (nombre militar que el Tío Sam había asignado a la mochila) tenía una estructura metálica que dejaba unos surcos permanentes en la espalda despues del primer kilometro de marcha. ("Papá, ¿que son esas marcas que tienes en la espalda?" "Me las hice en la guerra. Una mochila ALICE del Vietcong me atacó por detrás.") La razón por la que Dios creó las raciones enlatadas de campaña que encajaban justo entre la estructura metálica y la espalda, fue la mochila ALICE.
Dentro y encima de ese monstruo de color verde oliva iban las minas Claymore y más granadas, bengalas, baterías de repuesto para la radio (y si eras afortunado, radio) munición de repuesto para la ametralladora, agua, raciones, pastillas de hexamina, cuerda (para sacar a los que caian en las trampas) calcetines, el equipo de limpieza del arma, un poncho y quizás una guerrera y un pantalón impermeable, un uniforme de repuesto, cigarrillos, artículos de higiene, uno o dos libros, herramientas de zapa, un machete y acaso un arma contracarro ligera o probablemente dos. ¿Unos 15 ó 20 Kg.? No jadees, soldado. Ajústate las cinchas, ponte la mochila en la espalda, colócate una toalla alrededor del cuello para que absorba toda la transpiración, carga el M16 y vamos a por ellos.
La experiencia enseña
Hay otro objeto del equipo que merece una mención, puesto que era el mejor y el más utilizado de todos los que el Tío Sam envió al campo de batalla. Era pequeño, duradero, liviano, barato (esta característica iba en contra de las doctrinas del Ejército con respecto al equipamiento), funcional y prácticamente indestructible. Todo el mundo llevaba dos o tres y, si perdían alguno, el Tío Sam en seguida te entregaba uno nuevo. Este mágico instrumento del Ejército se llamaba P38 o, en términos civiles, abrelatas. Cuando lo único que se come son raciones enlatadas, el P38 se convierte en un instrumento tan importante como las balas.
La disputa entre el Tío Sam y el soldado Snuffy sobre el equipo de campaña nunca llegó a resolverse, aunque había algo que si estaba claro: cuantos más fueran los combates en que una unidad participaba, más probable es que fueran los propios soldados y no los altos mandos quienes decidiesen qué pertrechos debían llevar en campaña.
Como en la mayoría de las guerras, las lecciones aprendidas se iban transmitiendo de generación en generación de combatientes. El primer axioma era: "Usa el manual como guía, y la experiencia como maestra", y se seguía al pie de la letra, incluso en los conceptos más básicos relacionados con el equipo de campaña. Y si no había nadie para darte un consejo y decirte lo que tenías que hacer, ya lo aprenderías con la próxima experiencia.
El Autor, John Morris, jefe de escuadra de Infantería durante la guerra, llevó tanto equipo personal como cualquier otro y ganó varias medallas.