Hasta junio de 1967, fecha en la que entró en acción, la FFM era un tiburón de dos cabezas que agrupaba a los muchachos de la 2ª Brigada de la 9ª División de Infantería y a las lanchas fluviales de la Fuerza Operacional 117 de la Armada. Una vez más, el Tío Sam, considerando el estado de las cosas había emparejado a los infantes con la tecnología, en un intento de llevar la batuta.
Los trabajos desarrollados en una flota de lanchas de desembarco de la posguerra engendraron un nuevo tipo de armamento muy a propósito para enfrentarse a Chuck en el Delta del Mekong. Transportes blindados de tropas (ATC) con planchas de acero para resistir el impacto de cañones de retroceso, monitores y lanchas de mando y control (CCB) para la coordinación de los asaltos, Zippos para devolver el fuego sin olvidar a las fieles Swift y a las patrulleras fluviales (PBR). Al colocar plataformas para helicópteros en algunas lanchas y equiparlas con un verdadero arsenal, desde la omnipresente ametralladora de 12,7 mm al cañón de 40 mm y el mortero de 81 mm, se obtuvo un equipo de tiburones capaces de algo más que arrancarle a uno las piernas.
La llegada de las patrulleras de apoyo de asalto (ASPB) añadió aún más potencia de fuego al arsenal de la FFM y le proporcionó un filo afilado como una hoja de afeitar durante las emboscadas, patrullas, misiones de reconocimiento y de escolta que formaban parte de la vida cotidiana de los infantes y marinos en el Delta.
Completada con un Batallón de obuses de 105 mm para tareas pesadas instalado en barcazas móviles, la FFM surcaba las aguas del Delta. Dos buques cuartel autopropulsados (APB) constituían la base flotante y alojaban a los infantes de vuelta de una operación. Cada buque solía estar anclado a no más de 50 km de la zona de operaciones y tenía camarotes para 800 hombres y espacio para otros 600 bien apretados.
Las operaciones solían seguir el mismo modelo. Las ASPB, fuertemente armadas, desempeñaban el papel de guía cuando la columna de embarcaciones, flanqueada de dragaminas, surcaba las aguas. Tras ellas iba el comandante naval del escuadrón de asalto fluvial en su CCB. El siguiente lugar de la fila solía corresponder a una lancha Monitor lista para descargar su potencia de fuego sostenido contra la maleza de las riberas. Luego seguía una fuerza de tres ATC que llevaban a la primera compañía.
La Lengua de fuego del Zippo
El hombre que participaba por primera vez en una de estas operaciones de búsqueda y destrucción experimentaba la sensación de un viaje irreal en un mundo imaginario. En lugar de estar rodeado por una jungla agobiante que lo cubre a uno sin remordimientos, escuchaba el sonido del agua y de los motores. Sin embargo, tanto si acarreaba un lanzagranadas o permanecia tras la cúpula protectora de un cañón de 40 mm, seguía preguntándose de dónde iba a proceder el primer disparo.
Durante la aproximación a la zona del objetivo, cada compañía tiene asignada una sección de la orilla del río, normalmente una zona de 150 a 300 m. Llega la hora, el Monitor y las ASPB descargan su fuego supresivo, posiblemente apoyadas por una lengua de fuego que el Zippo lanza contra la maleza. Las tropas entrenadas para batir la zona golpean con dureza y rapidez después de reembarcar en las lanchas que les esperan, se dirigen a la jungla. Con tal movilidad y potencia de fuego en sus manos, la FFM lanzó una serie de operaciones en el delta del Mekong y en la Zona especial de URNG Sat que redujo al mínimo la infiltración de suministros comunistas. Pero a veces no toso salía según lo planeado. A finales de 1967, el VC se apercibió de las tácticas de la FFM y le guardó unas cuantas sorpresas de su invención.
Bajo la pálida luz de la luna del 15 de septiembre de 1967, los hombres del 3er Batallón del 60º de Infantería bajaron por el costado de su buque cuartel y saltaron a la charla de asalto. Eran las 04.15 horas.
El murmullo de las voces y roce de las armas contra el acero de la embarcación perforaban el húmedo aire nocturno mientras los muchachos esperaban sus instrucciones. Sólo habían trascurrido 24 horas desde su última operación, pero los hombres del teniente coronel Doty estaban de nuevo en marcha.
Al serle comunicado que el 263º Batallón del VC había instalado su campamento a lo largo del río Rach Ba Rai, el coronel Bert David, comandante de la 2ª brigada, planeó un ataque a gran escala. El batallón de Doty tomaría posiciones de bloqueo, mientras otras unidades de la fuerza fluvial avanzarian desde el sur y el este. Un buen plan, a no ser porque, para llegar a su objetivo, el batallón tendría que pasar junto a la presunta posición enemiga.
Mientras observaba desde su helicóptero de mando, Doty vio que el convoy naval que transportaba al 3er batallón partía en la clásica formación de columna de fuerza fluvial. Las tripulaciones de la Armada empuñaban los cañones mientras las embarcaciones surcaban las rápidas aguas del río Mekong hacia el afluente Rach Ba Rai. Como ya habían pasado por la insípida experiencia de este tipo de operaciones, los fusileros que iban en el interior de los ATC dormían profundamente. Tres horas después todo seguía tranquilo. Con los cascos quitados y los chalecos antibalas desabrochados, algunos hombres dormian en los sollados; otros descansaban apoyados contra las mamparas, fumando y charlando en voz baja.
A las 07,30, el estampido de la explosión de un RPG destrozó la calma matinal, segundos después las radios entraron bruscamente en acción mientras uno de los dragaminas informaba que una explosión submarina le había abierto una brecha. Otras embarcaciones utilizaron también la radio para informar que recibían disparos. El inconfundible tableteo de los fusiles de asalto AK-47 rivalizaba con el rítmico sonido de las ametralladoras. Mientras una embarcación tras otra entraba en las fauces de la emboscada, más soldados y marineros caían frente al fuego enemigo. Un joven infante, nuevo en aquella "Maquina Verde" no había conseguido ver los RPG dirigidos contra él. Más materia para las bolsas de cadáveres.
Las ametralladoras, cañones y morteros de la unidad FFM desataron su furia, pero los cohetes y los proyectiles de los cañones sin retroceso seguían llegando y el fuego automático golpeaba contra los cascos. No se veía a ningún Vietcong: sólo los destellos de sus armas al disparar. Los soldados cogían las armas de los marinos caídos y otros subían, reptaban o corrían hacia los puestos de tiro.
Doty, que sobrevolaba la escena, vio como dos cohetes explosionaban en el costado de su CCB de estado mayor: las planchas de acero absorbieron gran parte del impacto, pero unas pocas más dianas convertirían la embarcación en un despojo. A los diez minutos del inicio de la emboscada, el convoy se movía sin rumbo fijo, los monitores y las ASPB iban de orilla en orilla, disparando en un intento de permitir que el convoy saliera de la zona de la muerte y desembarcara al 2º batallón en su objetivo -Playa Blanca-, a algunos millares de metros canal arriba. Pero la fuerza estaba inmovilizada en una bolsa de fuego de kilómetro y medio.
Librarse del peligro
La acción de la artillería que acudió de una base de apoyo situada al nordeste supuso un cierto alivio, pero se necesitaba un golpe directo de un 155 mm para neutralizar a los fortines. Dos embarcaciones consiguieron llegar a Playa Blanca. Una sección dirigida por el capitán Davis alcanzó la orilla y envió el mensaje: "Tengo un elemento en tierra, el resto espera". Doty estaba atado de manos. El método de la Fuerza Fluvial Móvil exigía que los transportes de tropas fuesen precedidos por dragaminas. Con la tripulación de los dragaminas diezmada era incapaz de sacar adelante al resto de su unidad. Como respuesta a la orden de sus superiores de que se retirara, Doty no tuvo más opción que decirle a Davis que reembarcase y huyera del peligro.
Los infantes corrieron hacía el ATC de dos en dos o de tres en tres y subieron a bordo. El capitán de la embarcación dio marcha atrás, viró y se lanzó a toda maquina. Por increíble que parezca, la maquina atravesó el kilómetro y medio de la zona de emboscada recibiendo un solo impacto directo.
La Lancha de ayuda médica con cubierta para aterrizaje de helicóptero (HLDMAB) estacionada rio abajo empezó a atender a los heridos mientras las embarcaciones se abrian paso río arriba de regreso a través del infierno. En cuanto los helicópteros hubieron partido con su carga, los marinos e infantes se pusieron manos a la obra. Sustituyeron las armas averiadas, las recargaron y sofocaron los incendios. Tras pedir sustitutos a la segunda fuerza de asalto de retaguardia, la Armada estaba de nuevo dispuesta a intentarlo tan pronto como el 2º Batallón se hubiese reorganizado.
Las unidades de artillería recibieron instrucciones para "andar disparando" contra ambas orillas del rio para proteger el avance de las embarcaciones y también entraron en combate helicópteros artillados Huey y cazabombarderos Phantom que lanzaban fuego de ametralladoras y napalm sobre el VC. Varias lanchas recibieron impactos directos pero el Batallón llegó a Playa Blanca bajo el manto protector del apoyo aéreo y la artillería. Tres compañías desembarcaron a intervalos de 150 m. y empezaron la cacería. El Plan había cambiado, el Batallón empujaría hacía el sur en lugar de tomar posiciones de bloqueo. La densa vegetación no sólo obstaculiza la visibilidad, sino que también impedía que las armas pesadas de las embarcaciones abriesen fuego.
El lento avance se prolongó durante toda la tarde, puesto que el Batallón debía ponerse a cubierto tan pronto como el VC se hiciese fuerte. La calurosa tarde llegó a su fin, y Doty empezó a preocuparse por el hecho de que sus hombres tuvieran que enfrentarse a la noche sin estar organizados. Ordenó montar una posición defensiva semicircular. El capitán Davis, comandante de la compañía, tomó el mando y mantuvo a la mitad de sus hombres alerta.
A la mañana siguiente, cuando las patrullas de los batallones convergentes del norte, el sur y el este establecieron contacto y cerraron la trampa, quedó claro que Charlie se había evaporado. Se descubrieron unas 250 casamatas enemigas y 79 cadáveres. Las bajas norteamericanas ascendían a 7 muertos y 123 heridos. Sólo había sido otro día más en el Delta.