El piloto aterrizó a unos pasos de un pueblo nordvietnamita. Se encontraba ileso y pensó en escapar, pero inmediatamente se vio rodeado por una multitud que había seguido su trayectoria de descenso y que ahora se apiñaba a su alrededor con talante agresivo. Cualquier intento de huida estaba condenado al fracaso. Cuando Rutledge vio el enjambre de machetes, cuchillos y garrotes que se le acercaba, tuvo la plena convicción que la muerte había señalado su hora fatal. Tuvo suerte, la presencia del comisario político local le salvó de una ejecución sumaria a manos de la milicia popular. Atado y amordazado, fue conducido a la parte trasera de un camión para ser trasladado a Hanoi donde pasaría siete años de cautiverio. Howard Rutledge recuerda sus tres primeros años como prisionero de guerra:
"El Hotel Rompecorazones era uno de los muchos bloques de celdas de la gran prisión de Hoa Lo. Construida por los franceses a principios de siglo, las tripulaciones aéreas estadounidenses recluidas allí lo rebautizaron como "Hanoi Hilton" . Por supuesto no hace falta decir que no se trataba de ningún hotel…"
Estaba cubierto de suciedad y sangre
"Me llevaron a una habitación cuyas paredes de yeso estucado le daban la apariencia de una cueva… era muy pequeña y el lugar más asqueroso que había visto en toda mi vida. Era como estar en el peor antro de los barrios bajos, aunque en miniatura. Me senté sobre una pila de desperdicios, en el centro de ese infierno he hice un examen de mi situación. No tenía ropa. Estaba helado y no había comido nada en las últimas 24 horas. Me dolía todo el cuerpo. Tenía un esguince en una pierna y otro en una muñeca, que ahora estaban muy hinchados, estaba cubierto de sangre y suciedad…"
Cuando los nordvietnamitas le pidieron que dijera a que unidad pertenecía, Rutledge respondió citando el Código de Conducta Estadounidense. No satisfechos con sólo conocer su nombre, rango y número de identificación, sus interrogadores decidieron romper su resistencia.
"Me colocaron unos grilletes en forma de garfios en las piernas y utilizaron una vara y una cuerda para inmovilizar firmemente mis tobillos. Luego me obligaron a ponerme una camisa de mangas muy largas y la ataron por detrás, sobre mis codos y mis muñecas. Un guardia puso sus pies sobre mi espalda, forzando y estirando las cuerdas para cortar la circulación y casi sacándome los homoplatos de sitio. Podía ver como la soga cortaba mis muñecas hasta llegar a los huesos, que no llegaban a sangrar debido a que las ataduras actuaban como torniquetes cortando toda la circulación en mis piernas y brazos".
Más tarde aislado en una pequeña celda, Rutledge reflexionaba sobre la vida de un prisionero en confinamiento solitario:
"Nadie te puede enseñar a sobrevivir a la brutalidad de permanecer aislado. Al principio te invade el pánico. Quieres llorar. Luchas contra el miedo. Quieres morirte, confesar, hacer lo que sea para salir de ese mundo castrense. Luego, gradualmente un plan va tomado forma. Estar aislado es otra forma de guerra, pero poco a poco aprendí que podía vencer".
Con el transcurso de los meses, los guardianes, a quienes también se llamaba carceleros, decidieron que el capitán Rutledge debería firmar una "confesión" que el gobierno de Hanoi pudiera utilizar como propaganda anti-estadounidense. Fue trasladado a otra celda.
"Cuando mis ojos se acostumbraron a la oscuridad, podía ver arañas tan grandes como mi puño colgando sobre mi. Posiblemente eran arañas amistosas, pero provocaban un efecto terrorífico en la penumbra. Las hormigas se paseaban sobre mi cuerpo y nueve millones de mosquitos compartían la celda. Los gecos saltaban en medio de la porquería y grandes ratas con cara de hambre no me quitaban los ojos de encima. Uno se encuentra en una situación de total impotencia cuando se llevan grilletes en las manos y los pies en un lugar así. No podía matar a los mosquitos ni deshacerme de las ratas. Estaba sentado, observando y temblando."
Dispuesto a no sucumbir a las indignidades a las que era sometido, Rutledge retó a sus captores declarando que prefería morir antes que colaborar con ellos.
"Mientras me sentaba sobre una pila de excrementos humanos que arrastraban cosas que se movían, pensé en mi "valentía". No era un acto de valor pedir la muerte cuando el enemigo nos necesitaba con vida, pero yo sabía cual era el precio que tendría que pagar por mi resistencia. Nuevamente tendría que reunir todo el coraje del que pudiera ser capaz. Ahora estaba sentado en medio de la oscuridad, envuelto en mi propio olor, con la piel zaherida por animales que me mordían, que me picaban. Mi coraje menguaba. Probablemente no me matarían. Posiblemente sólo me torturarían hasta morir."
El 31 de agosto de 1966, después de 28 días seguidos sufriendo torturas, la resistencia de Howard Rutledge por fin se quebró.
"Soy un agresor imperialista
"Cuando la luz de la aurora se filtró por las rendijas de la sólida puerta de la prisión, agradecí a Dios por su misericordia y llamé al guardián… - Soy un agresor imperialista yanqui - escribí, repitiendo su texto como un loro, a sabiendas de que estas palabras no sonarían escritas por un estadounidense. Yo sabía que no había revelado mi identidad tras nueve meses y que la confesión podía ser empleada para humillarme en el campamento y como propaganda en todo el mundo, pero tenía la esperanza de que mis amigos y mi familia lo entendieran".
En Mayo de 1967 Rutledge fue nuevamente confinado al aislamiento.
"Él (el guardia) me encadenó con grilletes, no pude moverme durante cinco días. Era verano y hacía mucho calor, la humedad debía ser de un 90 por ciento y la temperatura alcanzaba los 40 grados centígrados. Sufrí una fuerte insolación de aquellas que primero provocan erupciones que luego se convierten en ampollas y después en forúnculos".
Un gusano de 15 cm en la boca
En octubre de 1967 Howard Rutledge fue trasladado a una prisión de alta seguridad conocida con el nombre de "Alcatraz". Siguieron torturándole. Los aviadores estadounidenses estaban confinados en pequeñas celdas que carecían de ventanas. Pasaban quince horas al día con grilletes en las piernas. Rutledge describe su ordalía.
"Apenas recibimos algún medicamento durante todo el tiempo que permanecimos en prisión y, dado que nuestras dos comidas diarias consistían sobre todo en sopa de calabaza o repollo con unos pocos trozos de cerdo flotando en la grasienta superficie, la ingestión de proteínas era muy baja. Por lo tanto, nuestra resistencia a las enfermedades y a las infecciones era precaria. Teníamos que tener mucho cuidado, si teníamos un uñero, corríamos el riesgo de perder el dedo del pie para siempre…
"Nuestros intestinos estaban invadidos por gusanos que buscaban acomodo a través de nuestros órganos de la forma más sorprendentes. Una noche, Harry (otro prisionero estadounidense) se despertó con la sensación de que tenía una cuerda en la boca. Lo que se quitó fue un gusano de 15 cm de largo…
"Pronto descubrimos que la pimienta los hacía salir… cuando no encontrábamos granos de pimienta, intentábamos robar un trago de queroseno de una lámpara. Un traguito de queroseno robado delataba a los gusanos y, casi siempre, también al ladrón".
Aunque Howard Rutledge no tenía otra opción que adaptarse a los horrores de su vida como prisionero de guerra, no era una tarea sencilla.
"Lo peor de ser un prisionero es la impotencia y la incapacidad para ayudar a otro hombre que sufre como tú… La guerra es igual para ambos bandos. Estoy seguro que el enemigo tiene familias que sufren y mueren. Cuando todo ha terminado debemos olvidar y perdonar".
Howard Rutledge fue liberado el 31 de enero de 1973, tras haber vivido los siete años más largos de toda su existencia.
Este artículo está basado en las memorias del capitán Howard Rutledge. En 1965, Rutledge era oficial ejecutivo del 191º Escuadrón de Caza embarcado en el portaaviones Bon Homme Richard, en el golfo de Tonkin. Howard Rutledge escribó el libro "In the presence of mine enemies" (sólo editado en inglés) donde cuenta sus experiencias con más detalle y que puedes comprar en amazon.com a través de este enlace.
Howard Rutledge falleció el 11 de junio de 1984.