La mayoría de los soldados norteamericanos en Vietnam fueron conductores de camiones, ingenieros, telefonistas, estibadores, almacenistas, mecanicos, contables, programadores de informática, ayudantes de capellán y muchos otros trabajos pacíficos. Conocí a un tipo cuya tarea consistía en impartir un curso de golf. La mayor unidad norteamericana en Vietnam en el momento álgido de la guerra no fue la 1ª División de Infantería o la 3ª de Infantería de Marina, sino el 1er Mando Logístico que estaba compuesto por 55 000 hombres,en su mayoría oficinistas, cocineros, conductores de camión y demás personal de apoyo.
Ni siquiera los soldados de infantería pasaban todo el tiempo andando por la jungla. Algunos se dedicaban durante semanas enteras a tareas de retaguardia y otros sólo días. Dependía de dónde servían y cuando estuvieron allí. No obstante, aparte del trabajo, la vida en segunda línea tenía sus atractivos.
Los campamentos del área de retaguardia variaban mucho en cuanto a tamaño y amenidades. Algunos consistían en poco más que tiendas rodeadas de caminos polvorientos, sin asfaltar. Otros, como el mastodóntico Puesto de Long Binh, cerca de Saigón, tenían modernos edificios de oficinas con aire acondicionado y salas de cine. Pero todas las áreas de retaguardia, sin importar lo rudimentarias que fueran, constituían un oasis en la región. Los campamentos base eran objetivos de los zapadores de asalto y francotiradores enemigos, aunque la mayoría estaban bien fortificados y la tropa se sentía segura detrás del alambre de espino del perímetro.
Después estaban los clubes, según empleos, claro está. Como pueden imaginarse, los clubes de oficiales solían tener aire acondicionado, lindas camareras vietnamitas y taburetes tapizados. Los de tropa acostumbraban a ser todo lo contrario, con suelos sucios, ventiladores de techo y con cabos segundos por camareros. En ambos casos, la cerveza y los licores no eran caros, al igual que la comida, que en las cantinas de tropa consistía principalmente en hamburguesas y patatas fritas.
La mayoría de los campamentos tenían duchas, a veces sólo de agua fría, pero, después de todo, aquello era una zona de guerra. También había retretes, y algunos incluso disponían de agua corriente. Había PX no muy distintos de los supermercados de las bases militares que teníamos en casa.
Unos pocos campamentos incluso disfrutaban de piscinas. Dos de las mayores instalaciones costeras, incluida la gigantesca base de la bahía de Cam Ranh, tenían playas, en las que había incluso vigilantes y bares. En nuestro recinto, Camp Granite, base de la 527ª Compañía de Servicios y situada a kilómetro y medio de la ciudad costera de Qui Nohn, teníamos un improvisado campo de baloncesto junto al edificio de la furrelería, un campo de béisbol anexo a un cementerio budista y varios campos de voleibol en los parterres de arena que había entre los barracones.
De vez en cuando la cerveza era gratis. Una vez cada seis semanas, nuestros intrigantes sargentos de plana hacían algún tipo de trato con otros comerciantes "motorizados" y, de repente, aparecían en medio de la zona de nuestra compañía varias cajas de filetes y un jeep cargado de cerveza. Por la tarde, los sargentos de comedor montaban grandes barbacoas con bidones de 225 litros y empezaban a asar a la parrilla grandes y tiernos filetes. Metían la cerveza en hielo, y todos comíamos e intentábamos beber tanta cerveza como pudiéramos. Normalmente procedía de las Filipinas y se llamaba "San Miguel".
De vez en cuando, la ingestión de cerveza terminaba en la tradicional pelea. Una vez, durante una de tales fiestas con filetes y cerveza, un amigo mío, el especialista de quinta clase Crandell, se tomó unos diez botellines (demasiados) y decidió echarlas para abajo con unos canutos de marihuana. Cuando llevaba uno o dos de ellos, Crandell empezó a perder el control. Comenzó a gritar y a correr por la zona de nuestra compañía. Finalmente, se detuvo cerca de los filetes, en mitad del recinto y rodeado por los 200 hombres de la unidad.
Pelea de borrachos
"Soy el mmmmás-grande", chilló Crandell, intentando imitar a Muhammad Alí. Y entonces levantó los brazos como si acabase de ganar el campeonato de los pesos pesados, antes de caer de espaldas al suelo. "Levántate, Crandell!", vociferó el sargento Grover, quien también le había dado lo suyo a la cerveza." Es una orden!". Crandell entornó los ojos y desafió a Grover a una pelea sin importarle el hecho de que ni siquiera podía mantenerse en pie y, mucho menos, levantar un puño.
De algún modo, se corrió la voz de que Crandell había caído desde lo alto de un barracón y alguien llamó a una ambulancia. En cuestión de minutos, llegó traqueteando al recinto una vieja ambulancia de la Segunda Guerra Mundial, con capota de lona y una enmohecida cruz roja pintada sobre un sucio fondo blanco; dos médicos se llevaron a Crandell al hospital de campaña de Qui Nhon. Cuando le visité al día siguiente con dos compañeros, tenía la cara pálida a pesar de los amplios reconocimientos, los médicos no habían encontrado nada malo en él, excepto un exceso de alcohol en su sistema.
No es un secreto que las drogas abundaban y se conseguían con facilidad en Vietnam. Cuando los barbitúricos se vendían abiertamente en las farmacias vietnamitas de la ciudad, pero de entre mis conocidos sólo uno o dos muchachos los tomaban con regularidad.
También había opio, bien líquido en pequeños botes para pintar los porros de marihuana, o bien sólido para fumar en pipas en los fumaderos de Qui Nhon. Sólo algunos de los nuestros fumaban opio. Era tan fuerte que, si te pasabas, te arriesgabas a quedarte colgado durante uno o dos días. En las últimas fases de la guerra, la heroína era lo habitual.
Donde yo estaba, la mayoría de quienes se drogaban se limitaban a fumar marihuana. Se podía comprar suelta, en botes; liada en porros del tamaño de un dedo índice, a dólar la pieza; o liada en papel de cigarrillos, con su filtro y todo, en cajetillas y cartones como si fuesen Marlboro.
Un 20 por ciento de la tropa de nuestra unidad fumaba con regularidad. Probablemente otro 20 por ciento lo hacia ocasionalmente. El resto bebía cerveza o se abstenía de estupefacientes. Los sargentos no hacían demasiado caso de los drogatas. Pero cada pocos meses se producía algún registro imprevisto en el que los mandos inspeccionaban nuestras taquillas en busca de drogas y otras cosas prohibidas, como armas ilegales. Sin embargo, algún que otro sargento solía poner en guardia a los muchachos por adelantado.
Algunos compañeros encendían sus primeros porros en la oscuridad de la mañana, camino del comedor para el desayuno, y quedaban colgados para el resto del día. Sin embargo, la mayoría guardaba sus canutos para la tarde, después del trabajo. Se reunían en los barracones, se colocaban y escuchaban música. En la retaguardia era fácil echarle el guante a un equipo estereofónico japonés de la mejor calidad. Las grabadoras, las radios, los amplificadores y las pletinas se vendían en los PX de Vietnam con grandes descuentos o los traían los muchachos que iban de permiso a Hong Kong o Tokio.
Los discos y las cintas se podían comprar en la ciudad. Incluso había lugares donde podías grabar encinta el disco que quisieras a un precio de risa. El Ejercito disponía de su propia emisora de radio, Armed Forces Vietnam, pero rara vez escuchábamos a aquellos reclutas pinchadiscos y sus canciones pop de hacía seis meses. Éramos rockeros duros los de la 527ª el número uno era Jimi Hendrix,y nuestra canción favorita de él era Purple Haze que, de algún modo, reflejaba aquella existencia que llevábamos, en el otro rincón del mundo, colgados y sin sentido. Además, se decía que Hendrix había sido uno de los nuestros, un soldado de la 101ª Aerotransportada, antes de que empezase lo de Vietnam. Poníamos mucho a los Doors, y también el alucinante Sergeant Pepper de los Beatles y el último álbum de los Rolling, Their Satanic Majesty's Request. Cuando teníamos ganas de bailar, flipábamos con algo de música soul, normalmente los Temptations o Smokey Robinson.
Entretener a la tropa.
Naturalmente, los fumadores de porros también comían y bebían, y algunos emprendedores habían comprado pequeños refrigeradores en el PX, los llenaban de sodas y las vendían, bien frías y a precios altísimos, a aquellos fumadores de gargantas resecas. Otros aguilillas pedían prestado el proyector de la compañía y pasaban películas pomo en los barracones, haciendo pagar entrada a todos los espectadores.
En ocasiones especiales, traíamos al campamento espectáculos de afuera. No había nada como los de Bob Hope, con sus chicas de piernas largas y cantantes de Las Vegas actuando ante cientos de miles de soldados en las gigantescas bases aéreas. Nuestros espectáculos eran más pedestres. Un camión traía hasta nuestra compañía un inestable escenario portátil de las Fuerzas Especiales, sobre el que un grupo de rock filipino tocaba versiones bastante buenas de los éxitos del momento. Cada grupo traía un par de go-go girls. Las noches de espectáculo, los drogatas se colgaban y los bebedores se emborrachaban. Nos sentábamos, escuchábamos la música y velamos a las chicas bailar. Después, el camión se marchaba y volvíamos lentamente a nuestros barracones.
En nuestro tiempo libre, hablábamos de lo que hablan todos los soldados en todas partes: de lo que haríamos cuando volviéramos a casa.
Vistos desde Vietnam, Estados Unidos parecía un gigantesco almacén repleto de cosas estupendas para comer. Allí nos esperaba de todo. Cuanto debíamos hacer era sobrevivir un año en aquel pobre lugar vietnamita en blanco y negro, y la recompensa seria el viaje de vuelta al Technicolor USA, al lugar que llamábamos El Mundo".
El autor: Marc Leepson era un estudiante graduado de 22 años cuando fue enviado a Vietnam donde sirvió encuadrandose en la 527ª Compañía de servicios destacada en Camp Granite.